sábado, 30 de septiembre de 2017

Hubo un tiempo...

Hubo un tiempo que fui León,
poseía un gran territorio,
al atardecer, cuando iba de caza,
no había animal que se me enfrentase,
al oír mi rugido, todos
se echaban a temblar.
- Creedme, hubo ese tiempo.

Hubo un tiempo que fui Águila,
me elevaba sobre los campos
-pequeño punto al sol-,
y nada se ocultaba a mi vista,
y ante una presa, bajaba veloz
para llevarla con mis garras.
- Creedme, hubo ese tiempo.

Hubo un tiempo que fui Tiburón,
recorría con elegancia los mares
y, si quería, con gran rapidez,
con mis historias se asustaba a los niños,
y los bañistas se aterrorizaban
a la vista de mi aleta.
- Creedme, hubo ese tiempo.

Hubo un tiempo que fui Hombre,
calzado con mis botas
iniciaba la marcha,
y al llegar a la cima,
con el corazón aún alterado,
contemplaba la belleza del mundo.
- Creedme, hubo ese tiempo.

Pedro Casas Serra

viernes, 29 de septiembre de 2017

Sea... ¿qué?

Me sueño entre la gente de la Puerta
del Sol, arracimada para oír
sonar las campanadas de la media-
noche. Tras el silencio que acompaña
a la caída de la bola que
anuncia el nuevo año, un gran estruendo
formado por los gritos del gentío
me despierta: ¡Qué seas...! Sea... ¿qué?

Pedro Casas Serra

Si hoy al levantarme fuera ayer...

A Lluis Ferrer i Badenas

Si hoy al levantarme fuera ayer,
y mañana anteayer, y las agujas
del reloj retrocedieran
en lugar de avanzar hacia la muerte,
en unos días reencontraría a Luis
- que anteayer despedí en el tanatorio -
y le diría: Luis, no te preocupes,
dentro de poco volverás a andar,
respirarás mejor, recordarás las cosas,
dibujarás de nuevo, escribirás poemas,
volverás a tu piso en los Nou Barris
desde donde se divisa el Tibidabo.

Pero hoy no es ayer, ni mañana anteayer,
y al levantarme, estoy más cerca de la muerte
y más lejos de Luis y su "sigueu feliços",
y su sonrisa cómplice al decirlo
que me entristece un poco al recordar.

Y me levanto dispuesto a ser feliz,
por él.

Pedro Casas Serra

jueves, 28 de septiembre de 2017

A Miguel Hernández

A quien oído aguza, de Miguel
suena la voz en los campos que amaba,
que fueron suyos mientras los andaba,
pastoreando rimas como él.

Miguel de los amores y Miguel
que ante tanto dolor se rebelaba,
corazón de cristal que tintineaba
con dulzura, guiándonos tras él.

Miguel, que deja un rastro de azucenas,
de claveles y rosas, de verbenas
que deshojadas llevan hasta él.

Miguel: Te fuiste lejos, pero dejas
tus versos, que zumbando como abejas,
nos recuerdan: Miguel, Miguel, Miguel...

Pedro Casas Serra

martes, 26 de septiembre de 2017

Al emprender viaje al País Vasco

No por mor de la suerte surgieron esos valles,
donde las vacas mugen al pasarles la mano,
sino por la piedad y esfuerzo soberano
que atendieron sus dioses y adoquinó sus calles.

Ni pienses que con versos su recia voz acalles,
que silenciar al trueno es un esfuerzo vano,
como querer mudar a quien se siente ufano
de su casa, su lengua, sus gozos y sus ayes.

Llégate, respetuoso y ávido peregrino,
a comer de su pan y beber de su vino,
admirar sus encantos y oír sus oraciones.

Así, quizá más tarde, al volver del camino,
puedas considerar que alcanzaste el destino
de comprender sus vicios y admirar sus pasiones.

Pedro Casas Serra

Haiku en contestación en Aires de Libertad

Primavera:

Desde mi cama
el día en treinta líneas
tras la persiana.

Esta mañana
los pájaros han vuelto
al árbol seco.

Cesó la lluvia
y al campo le ha quedado
la cara limpia.

Ya canta el mirlo
y el árbol al oírlo
ha echado hojas.

Sin rumbo exacto
las nubes viajeras
rompen en llanto.

Alza tu vuelo
cometa de mil cintas
blanco pañuelo.

En primavera
llegan las golondrinas...
Y tú, ¿vendrás?

Entre montañas
los valles escondidos
las rosas blancas.

Flores violetas
¡bonitas, perfumadas
y tan coquetas!

En primavera
chillan como chiquillos
los pajarillos.

Las mariposas
pequeños abanicos
de colores.

Dulce armonía
el hablar de los pájaros
su pío pío.

Pétalos blancos
van cayendo del cielo
cerezo en flor.

Van titilando
su fulgor las estrellas...
¿Me están guiñando?

Oigo tu voz
vuelan las golondrinas
con alborozo.

A su destino
anda corriendo el río
hace camino.

En primavera
el día se adelanta
la noche espera.

¡Aquellas flores
bordeando caminos
de primavera!

Por la ventana
nubes de primavera
suave esfumado.

Entre las rosas
esa rosa pequeña
mi preferida.

La margarita
y posada en sus pétalos
la mariposa.

Veloz libélula:
vuela - gira - se posa
se contonea.

Aurora malva,
sus pétalos mostrando
enamorada.

¡Cómo quisiera
como tú, mariposa
alzar el vuelo!

Alzar el vuelo
más allá de las nubes
y de los sueños.

Verano:

Llegó el verano
y en la plaza del pueblo
los farolillos.

Las gaviotas,
apoyado en mi alféizar
las veo volar.

Al mediodía
su sombra se adelgaza
reloj de sol.

Mares calientes
medusas ondulantes
¿flores o peces?

En los corales
encantadoras flores
las anémonas.

De un viejo sauce
la brisa entre las hojas
acerca el río.

Desde el balcón
extiendo la mirada
y vuelo... vuelo....

Vecinos ángeles
dejan sus bicicletas
en los balcones.

Arroyo seco
una pequeña charca
como recuerdo.

Para el verano
bicicletas azules
pañuelos rojos.

Tierra reseca
cada gota que cae
estalla en ella.

Luna en el mar
y las velas al viento
¡a navegar!

La noche llega
y yo abro la ventana
para esperarla.

¡Qué maravilla!
con la lluvia de estrellas
la noche brilla.

Bajo la luna
¡cobijarme en la sombra
de tus cabellos!

Mariposillas
vuelan hacia la luz
hacia la muerte.

Baile en el pueblo
y en su plaza, las casas
forman un ruedo.

Yo pedaleando
mi sombra, tan tranquila
descansando.

Pedaleando
voy bajando la cuesta
¡estoy volando!

En bicicleta
si pa’bajo, subido
si no, me bajo.

Yendo y viniendo
una fila de hormigas
en el camino.

En el camino
una fila de hormigas
madrugadoras.

Junto al camino
margaritas y fresas
y algún espino.

Olas del mar
que vienen unas veces
y otras se van.

Sueños de arena
en mares encalmados
barca varada.

Salamanquesas
inmóviles acechan
pequeñas presas.

Otoño:

Los días antes
duraban mucho, ahora
pasan muy rápido.

Abro el balcón
miro pasar las nubes...
Y tú, ¿te irás?

Día de viento
ondea mi bandera
- ropa tendida.

Zarandeadas
por la fuerza del viento
las flores tiemblan.

Día de viento
del plátano las hojas
deshilachadas.

Viento que soplas
traslada mi suspiro
a quien me importa.

Viento de noche
me mantiene despierto
y a ti también.

Día de viento
las nubes que se han ido
¿dónde estarán?

Sin rumbo exacto
las nubes viajeras
rompen en llanto.

Sobre mi cara
gotas de fina lluvia
melancolía.

Como la música
va cayendo la lluvia
en el recuerdo.

La luna bella
me mira desde el charco
que la refleja.

El río pasa
llevándose las hojas
yo lo contemplo.

Agua de río
pasando vas, pasando
y yo contigo.

Para el recuerdo
dulzura de tu piel
flor de heliotropo.

Hojas doradas
sopla y viento ligero
y se las lleva.

Con el olvido
van creciendo los árboles
del cementerio.

Sobre el recuerdo
crecen enredaderas
de indiferencia.

Joven en sepia
¡qué firmeza en sus ojos!
¡cuánta arrogancia!

El agua quieta
de la nube viajera
guarda el reflejo.

Noche de luna
en lo hondo de lo negro
su cara blanca.

Pueden unirse
el sol cubre a la luna
en el eclipse.

De antiguos sueños
de pájaros dormidos
flores de seda.

Miro la luna
parece sonreírme...
¿Es tu reflejo?

La fe perdida
busca una primavera
que la reviva.

Invierno:

Está nevando
y a los niños parece
azucar candi.

Se van llenando
de nieve las pisadas
se van borrando.

Hasta que mueren
los copos en la tierra
corazón blanco.

Entre la nieve
mis versos aguardando
el sol de mayo.

Oscureció
y la casa de enfrente
se hizo damero.

Oscura noche
en su basta penumbra
no me encuentro.

Melancolía
luna de crisantemo
sabiduría.

Si tú no vienes
¿por qué brilla la luna
tras mi ventana?

Prenden sus luces
los trenes de la noche
culebreando.

Ulula el perro
y en la noche cerrada
tiembla el silencio.

Por los tejados
pasó la vaca negra
su lengua húmeda.

En el silencio
solo oigo mi latido
de madrugada.

Viejas mansiones
paredes desmochadas
rotos balcones.

Bello homenaje
frente a la residencia
matas de malva.

Árbol reseco
tus ramas como manos
implorantes.

El gavilán
te ha dejado sin plumas
paloma blanca.

Huye el invierno
y alargando los días
va un sol risueño.

Espero el día
que al árbol de mi patio
le nazcan hojas.

Árbol desnudo
banco sin ocupantes
solos los dos.

¿Para cuándo el verano
sus sonrisas azules
su amor de mar?

Frío y distancia
blancas montañas altas
entre los dos.

¡Pobres murciélagos!
mamíferos con alas
aves con garras.

Uno me trae
- los dos caballos negros -
otro me lleva.

La gente pasa
se pierde en el camino
desaparece.

Con un abrazo
abarcando su tronco
¡querido amigo!

Otros:

Huellas pequeñas
¿adónde se fue el niño
montado en ellas?

Tiene su gracia
todo lo pequeñito
vuelve a la infancia.

Soplo en mis manos
y mi nada desnuda
vuela hacia ti.

Amor de loco
infantil y perverso
¿acaso hay otro?

El estertor
del pez fuera del agua
vivir sin ti.

Yo soy poeta
alma radiante en pena
vagante esteta.

Tras el espejo...
otro espejo... otro espejo...
otro espejo...

Dolor y magia
dos palabras distintas
una añoranza.

Acuno versos...
¡cuánto tiempo pasado!
¡qué poco tiempo!

De la verdad:
un muñeco de nieve
tras un día de sol.

La realidad
¿reflejo en un espejo
de la verdad?

¿Soy yo o es otro
el que mira mi cara
en el espejo?

Poesía es viento
que conduce a las nubes
hacia el desierto.

Del tentetieso
aprendí a levantarme
pueden golpearme.

¿Por qué será
que si oigo papá
me doy la vuelta?

De tu sonrisa
aunque yo no la oiga
brota la risa.

Nada detrás
y muy probablemente
nada delante.

¿Palabras-máscara
en versos bien medidos
la poesía?

En tu camino
las estrellas, farolas
y yo contigo.

La poesía
patria sin pasaporte
para el poeta.

Palabras locas
para llenar el mundo
de rosas blancas

Entre universos
el nuestro tan pequeño
y tan perverso.

Los locos sueños
son locos por ser sueños
y viceversa.

De barro somos
y al más ligero golpe
nos deshacemos.

En mi memoria
tan solo cuatro días
de incierta gloria.

En los amantes
el tiempo se detiene
en cada instante.

lunes, 25 de septiembre de 2017

La visita

Esta noche he soñado que todos ustedes venían a mi casa. Lo extraño era que no era mi casa actual, sino la casa de mi madre, donde pasé muchos años de mi vida pero que ya no existe, porque mi madre murió y la casa se deshizo.

La casa estaba resplandeciente de luz, con todas sus lámparas encendidas, y ustedes se movían por ella -entre sus muebles-, y hasta me preparaban alguno de sus platos en la cocina. Todo eran risas y fiesta, y una niña pequeña -no sé quien era-, me traía unas flores. Yo me movía de una habitación a otra como volando, y respondía a la algarabía de sus voces -no tenían rostro- y quería mostrarles mis viejos álbumes de fotos de cuando era niño, de mis viajes...

¡Gracias, amigos, gracias...! ¡Vuelvan a mi casa cuando quieran!

Pedro Casas Serra

sábado, 23 de septiembre de 2017

Respiras junto a mí...

Respiras junto a mí
y pienso "todo está bien".
No con el agotamiento de otros tiempos
que nos dejaba exhaustos,
medio muertos,
sino con el sosiego
de compartir
lo que nos queda.
Porque sé
que, si el amor se acaba,
yo también.

Pedro Casas Serra

viernes, 22 de septiembre de 2017

Haiku en Aires de Libertad


Día de viento
ondea mi bandera
- ropa tendida.

Día de viento
las nubes que se han ido
¿adónde irán?

Con el invierno
perdió el árbol sus hojas,
¿los pajarillos?

Oscureció
y en la piel de la noche
salió la luna.

Oscureció
y embozada en las nubes
ahí va la luna.

Oscureció
la luna asoma al río
y él se la lleva.

En mi ciudad
¿para qué los jardines
si no hay niños?

Gotas de lluvia
escriben en los charcos
entre paréntesis.

Está nevando
todo lo va cubriendo
un mantel blanco.

Vecinos ángeles
dejan sus bicicletas
en los balcones.

Desde el balcón
extiendo la mirada
y vuelo... vuelo...

Sobre mi cara
gotas de fina lluvia:
melancolía...

Pedro Casas Serra

Un año triste en la vida de Rosita

A mi tía, Rosa Casas Roqué.

¡Buaaaaa...! Supongo que sería lo primero que dije cuando nací y reconozco que no fui muy original. Ya me cuidaría yo luego de hablar hasta por los codos, pues hablar ha sido siempre una de mis aficiones favoritas.

Mis padres vivían en la Gran Vía de Barcelona, una de las calles más anchas y bonitas de la ciudad. Barcelona no era como ahora, todo el mundo se conocía, sobre todo en el barrio, donde se compraba, se jugaba... vigilando siempre los tranvías, que pasaban muy de tarde en tarde.

Cogíamos temprano el tranvía y no había nadie por las calles. Bajábamos en la plaza de España y hacíamos el resto del camino a pie. Una calle adoquinada, flanqueada por plátanos, nos llevaba a la entrada, la verja era muy alta y nosotros, a su lado, muy pequeños. Pasado el umbral, en un muro, había una lápida conmemorativa. ¡Pobre papá!, ¡Con qué orgullo me había enseñado el nombre de su abuelo, teniente de alcalde con Rius i Taulet...!

- Rosita, ¿sabes que día es hoy?
- Martes, papá.
- Bueno... sí, pero ¿qué día del mes?
- No sé.
- Hoy es 31 de diciembre, y ¿sabes que es lo que ocurre hoy, Rosita?
- No, papá.
- Que sale a la calle el hombre de las narices (papá, con aire misterioso).
- ¿Qué hombre?
- Un hombre que tiene tantas narices como días tiene el año.
- Entonces, ese hombre debe de tener muchas narices (yo, poniendo cara rara).
- Pues tantas como días tiene el año, Rosita. Cuando salgas a la calle, fíjate bien y te aseguro que lo encontrarás.

Cuando papá llegó a casa por la noche, salí corriendo a recibirle y lo primero que hice, antes incluso de darle un beso, fue decirle:

- Papá, papá... he salido a la calle y no he visto al hombre de las narices, aunque lo he buscado por todas partes.
- Y, ¿cuántas narices tenían los hombres que has visto?
- Una, papá, como siempre.
- Y, hoy, 31 de diciembre, ¿cuántos días le quedan al año?
- Uno.
- Entonces, todos los hombres que has visto eran el hombre de las narices, ese que tiene tantas narices como días tiene el año, Rosita.

Subíamos los tres por la ancha avenida de cipreses con hileras de mausoleos a los lados, algunos adornados con estatuas cuya contemplación producía desconsuelo. A veces, nos parábamos a leer alguna inscripción que el paso del tiempo había envejecido. ¡Cuánto amor, cuánto cariño transmitían! Sin embargo, nunca había nadie junto a ellas y se encontraban en un lamentable estado de abandono.

Mamá nos señalaba algunas sepulturas: “Allí está enterrado un político de renombre, el día de su muerte miles de ciudadanos acompañaron su cortejo fúnebre... Ésta es la de un poeta, las jovencitas lloraban con sus versos, fijaos, hay una corona de laurel esculpida sobre su nombre... Aquella es la tumba de un tenor italiano, cuando actuaba en el Liceo los aplausos no cesaban, murió durante una representación.”

Mamá decía que al nacer, yo era pequeña, morena y con mucho pelo, que era igual que un mico. Papá decía que era muy mona en el buen sentido de la palabra, sin duda porque me parecía a él.

Mi nacimiento fue motivo de alegría y en casa ya tenían preparada mi canastilla con todo lo necesario: camisetitas, braguitas, calcetinitos, vestiditos, jersellitos y zapatitos. Los había azules y rosas, porque no sabían que iba a ser, si niño o niña. Lo azul rápidamente fue desechado y a mí me pusieron un lacito rosa en el pelo, aguantado con jabón, para evitar equívocos.

Empezaron a llegar amigos y parientes para conocerme y las bromas fueron generales, pues era 27 de diciembre y todos decían que por muy poco yo no era una inocentada. Desde niña tuve fama de jaimita.

Tras caminar un buen trecho, alcanzábamos el sector donde se encontraba la tumba de papá. Se hallaba en una pared orientada al sur y delante de ella había un mirador desde donde se podía ver el mar. Mamá sacaba entonces unos trapos de su bolso, los humedecía en una fuente próxima y limpiaba con esmero su lápida, luego retiraba las flores mustias que la adornaban y las cambiaba por flores frescas que llevábamos. Nosotros, mientras tanto, visitábamos las tumbas próximas que conocíamos de otras veces hasta en sus menores recovecos.

Cuando mamá acababa, nos convocaba junto a ella y rezábamos los tres en voz alta: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, el pan nuestro de cada día, danosle hoy, y perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amen.” Permanecíamos un minuto en silencio - que a mi se me hacía larguísimo - y a continuación, nos santiguábamos y emprendíamos el regreso a casa.

- Vamos, Rosita, ¡ánimo!, ven aquí con mamá.
(Claro, para ti es fácil porque eres grande, pero para mí... con mis piernecitas y esos enormes pañales que me has puesto... Voy a ver si puedo enderezarme... parece que sí... ahora adelanto un pie... otro... ¡Yupi! ya he llegado a los brazos de mi mamá)
- ¡Pedro, Pedro! Ven rápido que Rosita ya ha dado sus primeros pasitos.

Despejado o nublado, en invierno o en verano, fuimos cada domingo al cementerio durante un año. Recuerdo ese año como un año triste que yo deseaba que pasase pronto.

Pedro Casas Serra